Cuando decidí liberar un rincón de la casa de objetos innecesarios, no pensé que la primera semana sería tan reveladora. No porque hiciera mucho, sino porque la mayor resistencia vino de mis propias decisiones.
El primer paso no fue ordenar los objetos, sino determinar qué espacio me molestaba más. Resultó que el cajón de la cocina, donde durante años se acumulaban pequeñas herramientas y accesorios inadvertidos, era el lugar que veía a diario pero al que nunca prestaba atención.
Decidí que en una semana solo resolvería ese cajón y no todo el apartamento. Esta limitación resultó importante, porque la sensación de escala no me permitía rendirme a mitad de camino.
Dividí el contenido del cajón en tres grupos: lo que uso semanalmente, lo que necesito de forma estacional, y el resto, que simplemente se guardaba. Resultó que el tercer grupo era el más grande: aproximadamente dos tercios de los objetos que no había tocado ni una vez en los últimos dos años.
Lo más difícil fue reconocer que algunos objetos los tenía solo porque alguien me los regaló o los compré baratos. Dejar ir esos objetos no significaba perder dinero, sino recuperar el espacio que ocupaban inútilmente.
Una parte la entregué a la tienda local de artículos de segunda mano, que está en el centro de la ciudad. Otra parte se la di a un vecino que necesitaba exactamente las herramientas que yo no necesitaba. Esto me facilitó la decisión, porque sabía que los objetos serían utilizados y no tirados al vertedero.
Después de una semana, el cajón no está vacío, pero solo contiene lo que realmente uso. Esto no es minimalismo perfecto, pero es un resultado práctico que cada mañana me recuerda que el cambio no tiene que ser dramático para ser notable.